“¿Haz mirado al suelo
detenidamente? Esta vez está alfombrado, es un tapete café y limpio, es un
bonito lugar”. -Pensaba. Al fondo, la voz experta expone cosas de mobiles y tecnología. La verdad no estoy poniendo la
suficiente atención, sin embargo, aquella rubia no deja de mirarme y por un
momento no volvimos la mirada. Su tez blanca y sin maquillaje figura una
salamandra y parece que muy dentro de sí tiene un buen corazón, pero sus ojeras
y cicatrices dicen lo contrario. Entonces me levanto para tomar un poco de aire
pero antes de siquiera pensarlo ya estaba paseando por los pasillos. Triste y teletransportado
miro a mis colegas reales vueltos ponentes, con traje y corbata, gafete de identificación
y aplomo en sus ademanes. Me preguntaba qué hacía escuchando y no parado frente
a los espectadores, como ellos.
De regreso, la calma reina entre
nosotros hasta que una persona se pone de pie, su teléfono está sonando y desde
aquí puedo ver cómo su cara se desfigura a un rostro angustiado. Su teléfono sigue
sonando y advierte que tiene que salir. Fuera del edificio sirenas a penas
audibles hacen reparar a algunos otros. En ese momento y tras de mí comienzan a
sonar varios teléfonos, a mi derecha e izquierda siguen sonando. La primera
persona advierte al público que solo contamos con un minuto o dos para evacuar.
La multitud no comprende y rompe el silencio.
Esa persona sale primero por un
pequeño hueco por la ventana, ni siquiera usa la puerta como los demás, sin
dudarlo lo imito y con medio cuerpo fuera espero el colapso del edificio, como
una imagen fatal de mi posible muerte, pero no sucede nada, nada aun. Saliendo
poco a poco nadie se vuelve loco, en la calle todos buscan un buen lugar pero
están equivocados, no están charlando en el lugar correcto, no están temerosos.
Sin más señalo a mis acompañantes que debemos llegar al jardín donde pudiéramos
estar más seguros. Me siguen, caminando entre los incrédulos que
afortunadamente tenían razón. No pasó nada.
Se llegaba la hora del desayuno y
nadie quiso reunirse en un café, llegamos a una habitación desconocida, era
algo así como una posada de algún estudiante. Había solo una cama donde varios estábamos
sentados y esperando. Algunas parejas se abrazaban y compartían caricias, eso
me hacía sonreír a medias pero todavía me sentía triste, triste pero sin
temores, callado pero no mudo. Ahora que lo pienso, es perfectamente la imagen
de un suicida.
Algún altavoz informa que hay que
volver. Nos ponemos de píe, salimos poco a poco, siendo el penúltimo en abandonar
me llama la atención una pequeñita, así que pregunto: “¿de quién es esta bebé?”.
Alguien había dejado a una bebé olvidada o abandonada. Nadie respondió ni
regresó. No podía dejarla ahí, la tomo entre mis brazos y la llevo al aula, con
los demás. Al caminar por el pasillo central pocos me miraban, siguen
atendiendo la ponencia y al retomar a mi asiento encuentro mi teléfono que
posiblemente había caído durante el alboroto, está pisoteado y un poco dañado,
uno de los orificios está abierto y la tarjeta sustituida.
Vuelvo a preguntar el paradero de
la madre o padre, pero nadie responde, todos seguían tomando nota. En aquel
momento, mi compañera contigua dice: “Estará mejor contigo, la madre eligió
bien”.
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