viernes, 3 de octubre de 2014

El regalo

“¿Haz mirado al suelo detenidamente? Esta vez está alfombrado, es un tapete café y limpio, es un bonito lugar”. -Pensaba. Al fondo, la voz experta expone cosas de mobiles  y tecnología. La verdad no estoy poniendo la suficiente atención, sin embargo, aquella rubia no deja de mirarme y por un momento no volvimos la mirada. Su tez blanca y sin maquillaje figura una salamandra y parece que muy dentro de sí tiene un buen corazón, pero sus ojeras y cicatrices dicen lo contrario. Entonces me levanto para tomar un poco de aire pero antes de siquiera pensarlo ya estaba paseando por los pasillos. Triste y teletransportado miro a mis colegas reales vueltos ponentes, con traje y corbata, gafete de identificación y aplomo en sus ademanes. Me preguntaba qué hacía escuchando y no parado frente a los espectadores, como ellos.

De regreso, la calma reina entre nosotros hasta que una persona se pone de pie, su teléfono está sonando y desde aquí puedo ver cómo su cara se desfigura a un rostro angustiado. Su teléfono sigue sonando y advierte que tiene que salir. Fuera del edificio sirenas a penas audibles hacen reparar a algunos otros. En ese momento y tras de mí comienzan a sonar varios teléfonos, a mi derecha e izquierda siguen sonando. La primera persona advierte al público que solo contamos con un minuto o dos para evacuar. La multitud no comprende y rompe el silencio.

Esa persona sale primero por un pequeño hueco por la ventana, ni siquiera usa la puerta como los demás, sin dudarlo lo imito y con medio cuerpo fuera espero el colapso del edificio, como una imagen fatal de mi posible muerte, pero no sucede nada, nada aun. Saliendo poco a poco nadie se vuelve loco, en la calle todos buscan un buen lugar pero están equivocados, no están charlando en el lugar correcto, no están temerosos. Sin más señalo a mis acompañantes que debemos llegar al jardín donde pudiéramos estar más seguros. Me siguen, caminando entre los incrédulos que afortunadamente tenían razón. No pasó nada.

Se llegaba la hora del desayuno y nadie quiso reunirse en un café, llegamos a una habitación desconocida, era algo así como una posada de algún estudiante. Había solo una cama donde varios estábamos sentados y esperando. Algunas parejas se abrazaban y compartían caricias, eso me hacía sonreír a medias pero todavía me sentía triste, triste pero sin temores, callado pero no mudo. Ahora que lo pienso, es perfectamente la imagen de un suicida.

Algún altavoz informa que hay que volver. Nos ponemos de píe, salimos poco a poco, siendo el penúltimo en abandonar me llama la atención una pequeñita, así que pregunto: “¿de quién es esta bebé?”. Alguien había dejado a una bebé olvidada o abandonada. Nadie respondió ni regresó. No podía dejarla ahí, la tomo entre mis brazos y la llevo al aula, con los demás. Al caminar por el pasillo central pocos me miraban, siguen atendiendo la ponencia y al retomar a mi asiento encuentro mi teléfono que posiblemente había caído durante el alboroto, está pisoteado y un poco dañado, uno de los orificios está abierto y la tarjeta sustituida.

Vuelvo a preguntar el paradero de la madre o padre, pero nadie responde, todos seguían tomando nota. En aquel momento, mi compañera contigua dice: “Estará mejor contigo, la madre eligió bien”.


No hay comentarios.:

Publicar un comentario